Chavistamente: Peces gordos podridos
Publicado: 06/12/2017 03:13 PM
Hace años me contaron la historia del descorche de una botella de 70 mil dólares. Era una cosa tremenda: Años ochenta, en un restaurant de Miami, un Fulano pidió la botella más cara que había en la carta. El corazón del mesonero se detuvo por un segundo, le acababan de pedir una botella que costaba lo mismo que la casa que soñaba con comprarse un día. Ojalá la propina sea igual de exorbitante. No hubo anuncios, ni aspavientos, solo un murmullo por el salón: En la mesa 7 van a descorchar una botella carísima, de 70 mil dólares, dijeron los primeros, que iban subiendo el precio en la medida que el rumor corrían en un elegante y discreto juego del telefonito. Finalmente, cuando todo el salón sabía lo que estaba por acontecer, cuando todos, de alguna manera se sentían tocados por la suerte, “porque esas cosas no se ven todos los días”, solo entonces apareció la botella, en manos del maître, que solemne caminaba como un padre llevando a su hija al altar. En novio -perdón- el cliente esperaba en su silla desparramado, recostadote, indiferente, como diciendo que semejante despilfarro es el pan suyo de cada día. Su compañeros de mesa expectantes, como el resto del salón, pero con la ventaja ser protagonistas -secundarios, pero protagonistas- de aquella estrambótica escena: Ellos iban a saber a qué sabe un vino que cuesta lo mismo que el apartamento de quien lo sirve. Todos se preguntaban quién era el afortunado y todos murmuraban que era tantas cosas: un magnate griego, un príncipe sin trono de Europa del este, un jeque de paso por Miami, un artista famosísimo cuyo nombre nadie sabía, el inventor del Walkman, el dueño de esos zapatos nuevos que se llamaban Nike… eso sí, a nadie se le ocurrió decir que podía ser un narcotraficante, de esos que comenzaban a apoderarse de las calles mayameras. Nadie dijo que era algún político corrupto latinoamericano, de esos que se llaman exiliados y que Miami abraza cual hijos ilustres junto a sus ilustres cuentas bancarias… Nadie pensó eso… Finalmente llegó la botella a la mesa: Una botella oscura, sin nada de particular, más allá de lo que decía en su etiqueta, ahí estaba el detalle solo para conocedores. El cliente no conocía sino el precio, la pidió por su precio y no por su nombre. Al cliente no le gustaba el vino, lo supo el salón cuando apartó la mano del maître que le acercaba su copa. Sus setenta mil dólares no habían comprado vino, habían comprado “importancia”. Un silencio lleno de admiración y envidia ocupó la sala hasta que un adeco caraqueño que estaba sentado en una esquina declaró emocionado: “¡Eso sí es estar podrido en dinero, carajo!” Hace unos años también supe del carnaval de billetes que se armaba en Marbella cuando el rey Abdulah iba de visita. Al carajo -perdón- a Su Excelencia se le iban cayendo joyas carísimas, carros de lujo, fajos de billetes por las calles, a propósito, como un Santa Claus sin chimenea que iba dejando asombrados y temblorosos a los afortunados que le tocara de lotería de estar en el lugar y momento justo. Santa Abdulah, “podrido en dinero”, llenaba las calles de Marbella de sorpresa, admiración y envidia. La envidia nunca dirigida hacia a él sino hacia el pendejo al que le tocó un Ferrari de propina por servirle un café. La admiración, claro, para el poderoso millonario que tenía tanto que podía derramar objetos de lujo sobre afortunados pelabolas que luego los venderían para poder seguir comiendo. Sucede que nosotros, los venezolanos, también tenemos de esos billetudos: En estos días supe de la nauseabunda historia de un carajo que en un lujoso hotel de Paris dejó una propina de cien mil euros, así no más, creando por un instante la misma atmósfera irrespirable de arrogante opulencia que el Rey Saudí y que el tipo del restaurant de Miami. Cien mil euros arrojados en las manos de cualquiera, qué carajo importa, lo importante es que se sepa que Diego tienen más real que todos esos pendejos que estaban allí. Tanto real tiene Diego que varias botellas de vino, como aquella carísima que les conté, reposaban en uno de sus apartamentos ¿Qué es una propina de cien mil euros para un coleccionista de botellas de vino de 300 mil? Y una colección de arte de otra millonada y un tablero de ajedrez con incrustaciones de oros y piedras preciosas que será carísimo y todo lo que quieras, pero es tan feo, tan cutre, que parece diseñado por Lila Morillo. No importa, vale mucho real y Diego tiene mucho, se lo robó a manos llenas. Se lo robó, robándoles educación, salud, techo, a los niños de su país; robándonos futuro y esperanza a todos, se los robó para hacer el imbécil dando propinotas, para echársela de gran cosota, “mira como se me derrama el dinero del bolsillo”… Gafo, como si el dinero sucio sirviera para algo más que para ensuciar, envilecer… gafo, con su cara de lo que él supone es un gran señor, con sus excesos estériles, superficiales, vacíos... vacía el alma… Podrido en dinero, podrido por dinero, preso. Preso él y sus secuaces: En estos días también supe de la historia de uno de estos ladrones, curruña de Diego, que fue capturado en el aeropuerto, justo cuando creía que estaba a punto de salir del país y salirse con la suya. Confieso que sentí un placer sádico al imaginarme la cara del ladrón cuando lo atraparon ahí, con un pie en la impunidad, claro que no tan sádico como el placer que estos miserables sentían nos robaron. En estos días también sentí el placer de ver cómo, por fin, a los peces obesos les está llegando su hora.
CAROLA CHÁVEZ carolachavez.wordpress.com