¡Lee y comparte! Cartas de Bolívar y Sucre para entender la importancia de la disciplina revolucionaria

Ante la queja del Mariscal por ser enviado a la retaguardia el Libertador destaca la importancia de entender que la gloria está en ser grande y en ser útil
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Publicado: 30/09/2020 10:11 PM

En agosto de 1824, el Libertador Simón Bolívar y el General Antonio José de Sucre, protagonizaron un intercambio epistolar, donde tras una queja de quien sería conocido como el Gran Mariscal de Ayacucho al haber sido enviado a proteger la retaguardia hecho que consideró como una ofensa, recibiendo del Padre de la Patria una contundente respuesta que evidencia la importancia de la disciplina revolucionaria y cumplir con honor cualquier tarea por intrascendente que parezca. 

A continuación la carta enviada por Sucre y la ejemplarizante respuesta del Libertador:


CARTA DE SUCRE A BOLIVAR (agosto 1824)

Desde Jauja, el 28 de agosto, Sucre escribe al Libertador en los siguientes términos:

 

Mi General

He despachado todo lo que había atrás del Ejército hasta el cerro, y más allá han marchado oficiales que harán andar cuanto queda. Han ido para el Cuartel Libertador las fuerzas y los artilleros militares de que he dado cuenta por medio de la Secretaría General. Después que he llenado tal comisión, y que he cumplido con usted, querrá usted permitir que piense un momento en mí.

 

Convendrá usted, mi General, en que un hombre que carezca de la delicadeza necesaria para servir su destino no debe obtenerlo, y menos vivir en la sociedad que guían el honor y la gloria. Yo he sido separado de la cabeza del Ejército, para ejecutar una comisión que en cualquier parte se confía cuando más a un Ayudante General, y enviado a retaguardia al tiempo en que se marchaba sobre el enemigo; por consiguiente se me ha dado públicamente el testimonio de un concepto incapaz en las operaciones activas, y se ha autorizado a mis compañeros para reputarme como un imbécil o un inútil.

 

Pienso, señor, que al usar este lenguaje no se me acusará de orgulloso ni de aspirador. Habiendo rehusado de todo mi corazón el primer rango del Perú que obtuve una vez por la Representación Nacional, parece que poseo un derecho a exigir de mis compatriotas que me crean con sólo el deseo de un poco de estimación pública; pero este desprendimiento de los destinos, ni me aleja de los miramientos que debo a mi actual empleo, ni me autoriza para prostituirle su decoro.

 

Es cierto que he consentido en la aceptación del nombre de General en Jefe del Ejército Unido con un ejercicio vago e informal; pero ni he dejado de conocerlo, ni de saber la crítica de los jefes a mi insulsa representación: la continué sin embargo por complacer a usted, y por servir al Ejército y al Perú, sin llevarme nunca de la presunción de mi título; pero sucede de algunas distracciones, que de un mal se va a otro, y yo he visto con dolor que sufriendo pequeños golpes (y tal vez varios no pequeños), se me ha dado el más fuerte que jamás preví, de reducirme ante el Ejército Unido, al papel de conducir enfermos y atrasados.

 

No sé si al conferirse semejante comisión se ha tratado de abatirme; pero lo dudo infinito, y mi conducta me persuade que no lo he merecido: tampoco sé, si porque se me juzgue inepto; pero en tal caso, me consuela que he servido a usted y al Ejército con un celo especial, y que en la campaña he tenido una absoluta consagración a todos los trabajos. Sea lo que sea, mi General, esta comisión ha servido de burlas y sátiras a los que no son mis amigos, y de sorpresa a los que me estiman. Yo he sufrido el tormento de que algún jefe me dijera, que haberla aceptado era una indebida autorización para que pudiesen ser tratados los demás casi como criados (disculpe usted que use la misma palabra): si esto se ha dicho a mi frente, es fácil juzgar lo que se hable a mi espalda, e inferir qué respetabilidad  y qué concepto he de merecer a mis compañeros. Es incontestable que de hecho se ha declarado a la faz del Ejército que no se me necesita para nada (que es demasiado probable), y lo que es más mortificante, usted ha dicho a alguien de mis menos amigos, que se me mandaba a la retaguardia en busca de las altas de hospitales y de las guerrillas. ¿No es esto dar a mis desafectos los medios fáciles de desacreditarme? Sin embargo, yo creo de muy buena fe que sirvo para mucho más que tales comisiones.

 

De todo esto deducirá usted que mi situación es un verdadero conflicto; estoy separado del Ejército por la distancia del honor al vilipendio, y mi corazón está unido a usted, al Ejército y a la gloria de Colombia en la libertad de este país. He meditado doce días mi posición y el partido que me deje, y después de un choque constante entre mis deseos y mis deberes, éstos me aconsejan de no presentarme en donde mis compañeros me han visto salir con desaire. Si usted me permitiera, yo abrazaría la resolución que me dictan mi conciencia militar y mi justificación: pero aún seré sumiso y elegiré a usted mismo de consultor en este delicado asunto.

 

Los amigos a quienes he manifestado mi situación, me han reprochado de que no representara antes contra el ultraje de esta comisión; pero si yo conviniera de que fuese una falta, seré suficientemente disculpado con mi prudente y ejemplar obediencia a los mandatos de usted, y porque además, era una triste indiscreción reclamar otras consideraciones que aquellas que buenamente se me dispensaran.

 

Usted sabe, mi General, que nadie ha sido más empeñado que yo en esta campaña, y que aún cuando el año pasado quise por razones poderosas irme de este país, luego tomé una muy positiva determinación de quedar hasta el fin de la guerra, corroborándola sinceramente en los conflictos de febrero y marzo, y mucho más después del Consejo de Huamachucos. He llenado con entera contracción mis obligaciones hasta que nuestro Ejército, tomando en todos sentidos una superioridad absolutamente decidida sobre el enemigo, nos presagia o asegura una conclusión feliz y pronta; y hasta que el suceso más inesperado y bochornoso me ahuyenta del Ejército. Ningún acaecimiento de otra especie menos ofensivo, pudiera inducirme al partido que más me cuesta; y no a la verdad por  esperanza de premios militares ni otras recompensas al fin de la campaña, sino porque mis sentidos todos han estado tan ligados a la suerte de nuestros cuerpos en el resultado final de la empresa, como se halla usted a la gloria. Contemple usted por tanto cuán amarga es mi resolución, que la encuentro tan precisa como dura.

 

Después de tan  franca exposición, creo, señor, que usted no consentirá mi humillación ante todo el ejército: usted no querrá que un soldado honrado se conforme con la vergüenza y el desprecio. Condenado por consecuencia a la más cruel despedida, permaneceré unos días en Huancayo a Tarma (con las ocupaciones más posiblemente útiles a las tropas), mientras usted tiene la bondad de mandarme sus órdenes, que en mi estado desagradable sabrá usted cuáles convengan. Me atreveré a indicar como las más oportunas, aquellas que me ahorren nuevos e injustos vejámenes; porque como otras veces he dicho a usted, yo quiero y puedo ser de simple particular en Colombia un buen ciudadano, ya que la suerte no me ha protegido bastantemente para ser un buen militar. Desde mucho tiempo me he penetrado de que no soy para la carrera pública: lo sé, lo confieso sinceramente y es cuanto hay que exigírseme.

 

Dígnese usted, mi general, aceptar los votos constantes de mi corazón por su prosperidad y su dicha: siempre desearé vehemente que en todas partes las sombras de usted sean la fortuna y la victoria. No sé cómo acabar esta carta: entre la desesperación y el dolor, apenas permiten pedir a usted que me conserve sus restos de estimación, y que cualquiera que fuere mi condición quiera usted contarme. Su fiel amigo, humilde y obediente servidor. –A.J. DE SUCRE

Sucre a Bolívar. Jauja,  XXVIII- VIII.1824

 

En: Rey de Castro, 1883: 39-41; Vicuña Mackenna, 1995: 13-16; Shewell, 1995: 83-84; Villanueva, 1995: 317-319; O`Leary, 1919: 147-150).




CARTA DE RESPUESTA DE BOLÍVAR (septiembre 1824)

 

Apenas recibió Bolívar la carta de su lugarteniente, entre el asombro y la preocupación, le libró la más aleccionadora respuesta:

 

Mi querido General:

 

Contesto la carta que ha traído Escalona, con una expresión de Rousseau cuando el amante de Julia se quejaba de ultrajes que le hacía por el dinero que ésta le mandaba: “esta es la sola cosa que usted ha hecho en su vida sin talento”. Creo que a usted le ha faltado completamente el juicio, cuando ha pensado que yo he podido ofenderle.  Estoy lleno de dolor por el dolor de usted, pero no tengo el menor sentimiento por haberle ofendido.

 

La comisión que he dado a usted la querría yo llenar; y pensando que usted lo haría mejor que yo por su inmensa actividad; se la conferí a usted más bien como una prueba de deferencia que de humillación. Usted sabe que yo no sé mentir, y también sabe que la elevación de mi alma no se degrada jamás al fingimiento. Así, debe usted creerme.

 

Antes de ayer (sin saber nada, nada de tal sufrimiento), dije al General Santa Cruz que nos quedaríamos aquí para dirigir esa misma retaguardia, cuya conducción deshonra a usted, y que usted iría adelante con el Ejército hasta las inmediaciones del Cuzco o de Arequipa, según la dirección de los enemigos; y en todo esto, yo no veía ni veo más que el servicio, porque la gloria, el honor, el talento, la delicadeza, todo se reúne en un solo punto del triunfo de Colombia, de su Ejército y la libertad de América.

 

Yo no tenía tan mala opinión de usted que pudiese persuadirme de que se ofendiese de recorrer la jurisdicción del Ejército, y de hacer lo que era útil.

 

Si usted quiere saber si la presencia de usted por retaguardia era útil, eche usted la vista sobre nuestro tesoro, sobre nuestro parque, nuestras provisiones, nuestros hospitales y la columna del Zulia: todo desbaratado y perdido en un país enemigo, en incapacidad de existir y de moverse. Y ¿Cuál es la vanguardia que yo he traído?

 

El Coronel Carreño la ha conducido. –El  General Santa Cruz me ha precedido de seis días.- Los enemigos no nos podían esperar, ni nos esperaran en un mes.

 

El Ejército necesitaba y necesita de todo lo que usted ha ido a buscar y de mucho más. Si salvar el Ejército de Colombia es deshonroso, no entiendo yo ni las palabras ni las ideas.

 

Concluyo, mi querido General, por decir a usted que el dolor de usted debe convertirse en arrepentimiento por el mal que usted mismo se ha hecho en haberse dado por ofendido de mí, con sus sentimientos.

 

Esas delicadezas, esas hablillas de las gentes comunes, son indignas de usted: la gloria está en ser grande y en ser útil. Yo jamás he reparado en miserias, y he creído siempre que lo que no es indigno de mí, tampoco lo era de usted.

 

Diré a usted, por último, que estoy tan cierto de la elección que usted mismo hará entre venirse a su destino o irse a Colombia, que no vacilo en dejar a usted la libertad de elegir. Si usted se va, no corresponde usted a la idea que yo tengo formada de su corazón.

 

Si usted quiere venir a ponerse a la cabeza del Ejército, yo me iré atrás, y usted marchará adelante para que todo el mundo vea que el destino que he dado a usted no lo desprecio para mí. Esta es mi respuesta. Soy de corazón. –BOLÍVAR

 

Bolívar a Sucre. Huamanga, IV- IX-1824

 

En: Rey de Castro, 1883: 41-42; Vicuña Mackenna, 1995: 16-17; Sherwell, 1995: 85-86).

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