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Opinión: Bolivia sin mar

Publicado: 2 de octubre de 2018 a las 16:20 | Última actualización: 2 de octubre de 2018 a las 16:36

Bolivia durante seis décadas tuvo salida al mar, hasta que un 14 de febrero de 1879 un destacamento de 5000 soldados chilenos ocupó militarmente el puerto de Antofagasta Bolivia durante seis décadas tuvo salida al mar, hasta que un 14 de febrero de 1879 un destacamento de 5000 soldados chilenos ocupó militarmente el puerto de Antofagasta

Bolivia durante seis décadas tuvo salida al mar, hasta que un 14 de febrero de 1879 un destacamento de 5000 soldados chilenos ocupó militarmente el puerto de Antofagasta
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Ayer, la hija predilecta del Libertador Simón Bolívar sufrió otro desafuero jurídico ante la Corte Internacional de la Haya, que se niega a reconocer el justo derecho que le corresponde a tener una salida marítima. Esto no solamente es la negación a las normas internacionales que rigen la materia, es también el  estrangulamiento a la economía, al  libre tránsito de personas y circulación de bienes que merece el pueblo boliviano.

Bolivia  durante seis décadas tuvo salida al mar hasta que un 14 de febrero de 1879 un destacamento de 5000 soldados chilenos ocupó militarmente el puerto boliviano de Antofagasta. La sangrienta Guerra del Pacífico que también involucró a Perú, duro cuatro años. La superioridad militar chilena, el apoyo de las empresas consignatarias extranjeras extractoras de guano y salitre,  y la cuña imperial de la pérfida Albión materializó el despojo de 120 mil km cuadrados de territorio  y 400 km de costa.

Los derechos territoriales de Bolivia nacen en las batallas de  Junín y Ayacucho. Bolívar y  Sucre fueron sus primeros presidentes y trazaron la fisionomía territorial de la misma. Sucre ceñido al principio de derecho internacional “Uti Posidetis Iuris” (fórmula romana que significa: “tal como poseéis seguiréis poseyendo”) estableció que el territorio de la nación naciente se extendía hasta el mar por el  despoblado de Atacama; según constaba en  los territorios reconocidos  por  la Real Audiencia de Charcas. En las constituciones chilenas de 1.822, 1.823, 1.828 y 1.832 se reconocía   como frontera  esa misma delimitación.

Una vez más el casus belli  fue  de carácter económico por razón de los inmensos recursos de salitre y guano contenidos en esa franja litoral que van desde Antofagasta hasta la margen sur del rio Loa. El guano era el milagro de las anchovetas digeridas por alcatraces que milenariamente fueron defecadas en esa zona y  sirvió para abonar las ancianas y fatigadas tierras en toda Europa. Un quintal de guano era capaz de producir veinticinco quintales de cualquier cereal (1 quintal métrico = 100 kgs). El otro trasfondo de la invasión  fueron  los grandes yacimientos de salitre destinados a la fabricación de explosivos militares, dinamita, usos medicinales, manufacturación de  vidrios, etc.

Chile, al igual que la segunda Colombia, siempre ha tenido una vocación territorial expansionista. Ambas naciones han buscado soluciones de guerra para resolver sus problemas económicos   a través de la usurpación de territorios y  usufructuar riquezas ajenas. Las rapacidades chilenas comenzaron por substraer clandestinamente guano y salitre del litoral boliviano. Más o menos igual que lo que hace hoy Colombia con la gasolina, el café y productos subsidiados venezolanos. En aquel caso intervino el imperio británico quien a través de su procónsul Diego Portales impuso la ley de  dominación absoluta de la costa del pacífico y la expoliación de ese territorio a Bolivia.  Esta protestó y obtuvo reparaciones pero al final los traficantes chilenos amparados por Inglaterra enarbolaron una bandera chilena en el territorio de las riquezas en juego.

Hasta el sol de hoy las consecuencias de la voracidad capitalista de la oligarquía chilena conjuntamente con el fallo del tribunal de marras,  ocasiona  graves daños a las exportaciones bolivianas y deriva de un fallo  político, adverso a los derecho soberanos de Bolivia, a su líder indiscutible  Evo Morales,  y a sus avances socio-políticos y económicos en la región.

 ALEJANDRO CARRILLO

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