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Septiembre de 1828: Crónica de un atentado anunciado (1)

Publicado: 29 de septiembre de 2021 a las 05:24 PM | Última actualización: 29 de septiembre de 2021 a las 05:35 PM

Simón Bolívar restituye su libertad nativa a una raza cautiva Simón Bolívar restituye su libertad nativa a una raza cautiva

Simón Bolívar restituye su libertad nativa a una raza cautiva
Parte de la obra de arte de Sergio Trujillo Magnenat

Antecedentes:

Cuando en febrero de 1819 la aurífera y mineral Angostura funge como la primera capital de la naciente Gran Colombia todos son sacrificios, acción libertadora y desprendimiento revolucionario. Pocos años después a más de 2.640 metros de altura todo se convierte en reparto de privilegios, usufructo indebido de los triunfos militares, odios viscerales contra el vencedor  que les dio el ser y acaparamiento de parcelas de poder. Bogotá se  comporta con la conservadora lentitud  de la oligarquía virreinal, el temor reverencial a los títulos nobiliarios, las fingidas demostraciones de fidelidad y simpatía a Simón Bolívar,  y  el insincero respeto  a los llaneros vencedores en Pantano de Vargas, Boyacá, Carabobo, Junín, Bomboná, Pichincha y Ayacucho.

Para fines de septiembre de 1828, Santa Fe de Bogotá es una pequeña ciudad donde soplan los vientos de una conspiración. Es un año de convención, convulsión política  e intrigas de palacio.  Es una insipiente urbe ubicada sobre un plano a 2.640 m.s.n.m.,  de no más de 20.000 habitantes surcada por un cristalino río del mismo nombre y circundada de páramos virginales y  boscosos en una extensión de 25.000 km2.

En esta altiplanicie andina, tres siglos antes, habitaron medio millón de Muiscas, pertenecientes a la familia lingüística de los Chibchas. Estos pueblos esencialmente sedentarios y agricultores fueron, en su tiempo verdaderos maestros en el arte de labrar oro (orífices) y esmeraldas. Sus tesoros y símbolos ancestrales fueron sistemáticamente saqueados por las hordas conquistadoras. Pero el último vejamen lo comete el propio gobierno colombiano contra su propio patrimonio cultural cuando en 1893, el entonces presidente Carlos Holguín Mallarino, entrega el Tesoro de Quimbaya a la Reina María Cristina de España por haber fallado contra Venezuela en el laudo arbitral sobre fronteras Colombo-Venezolano. Hoy de los Muiscas solo quedan las verdaderas obras de arte que labraron en oro, plata y cobre, de resto fueron diseminados y exterminados.

Los modos y  costumbres de un virreinato andino no cesan con la independencia. Su forma de ser y de pensar son importados de la Corte de Madrid y trasladas a Bogotá. Es una sociedad goda, llena de prejuicios raciales, pasadizos secretos, métodos maquiavélicos y venenos eficientes para eliminar a quienes estorban. El redoble de campanas llama a las horas santas  y  marcan el reloj de una vida parsimoniosa. Las reuniones sociales son cátedras del doble faz, lecciones del antifaz e hipocresía, se pretende imitar en todo lo español o francés y desdeñar lo nuestro. Se habla salpicando a gotas  las zetas  y chisporroteando las ces para estar a tono con el acento castizo - madrileño. Todos estos actos van aderezados con la degustación de suculentas tasas de buen chocolate venezolano, catalinas andinas y  fina dulcería de mazapán toledano.

Bolívar, al regresar de su último viaje a Caracas (enero/julio 1827)  se tropieza con una conspiración en marcha. Para aislarse del cerco de los conspiradores  y protegerse de las zancadillas de sus detractores, se instala en las afueras de Bogotá, en una gran casona, anclada en la base de dos grandes montañas, que le fue obsequiada en agradecimiento por la municipalidad de Bogotá por sus hazañas políticas y militares. La Quinta Bolívar, se abre sobre un bosque  de majestuosos cipreses, cedros centenarios y cantidades de madreselvas. En su piscina de natación  Bolívar, a  se ejercita diariamente en aguas gélidas para templar las fuerzas de su incandescente espíritu.

Sin embargo, en medio de aquella avalancha de millones de pesos oro, medallas y espadas engarzadas en piedras preciosas, y monedas acuñadas con su nombre,  obsequiadas por las acaudaladas familias y autoridades virreinales de  Lima. Bogotá  y Quito, El Libertador, no las toma para sí. Tampoco acepta  las  prebendas inmobiliarias que le fueron ofrecidas como trofeos de guerra. Tales honores no lo deslumbran,  e imparte órdenes para  que el producto  de aquellos premios sean destinados a solventar los sueldos atrasados de soldados y oficiales y especialmente para indemnizar a las viudas y huérfanos de los caídos en los campos de batalla.  El Padre de la Gran Colombia se ubica así por encima del bien y del mal y da una ejemplar lección de ética a quienes comienzan a disentir contra el por causa del mal uso y abuso que hacen de los préstamos extranjeros.

Por su parte, Santander y Páez, personifican un verdadero Festín de Baltazar. Comen y se atragantan sobre las vajillas de oro y plata que dejaron en su huida  los realistas expulsados de los territorios independizados.  Protagonizan la vergonzosa rebatiña del erario público, la adjudicación arbitraria de grandes extensiones de tierras y el despilfarro de los empréstitos de la banca inglesa que, por mandato del Libertador, deberían ser destinados al mejoramiento de los  servicios públicos, educación, salud y fomento del trabajo productivo para los pueblos liberados.

En las altas esferas de la  sociedad bogotana  Venezuela es vista como un cuartel, Quito un convento y Bogotá una universidad. En el marco de esta idiosincrasia la Nueva Granada es la cumbre del saber cuna de sabios y grandes abogados, Quito es el semillero de Santos y grandes sacerdotes y la Capitanía General de Venezuela solo produce soldados, llaneros, lanceros y oficiales pata en el suelo. Esta visión cuartelaría de nuestros héroes que desestima el valor de sus hazañas es la termita que carcome el insuflado ego  de Santander y sus sectarios seguidores.  No así el pueblo liso y llano que por Bolívar fue liberado.

Los llaneros venezolanos curtidos en cien batallas, que se pasean por la ciudad,  son vistos de reojo y sobre ellos  descargan una campaña de desprestigio. La animadversión es expresa e impresa. La prensa santanderista ataca virulentamente a Simón Bolívar, y publica sendos artículos  rechazando su presencia en Bogotá, de paso le adjudican sobrenombres peyorativos como el de “longanizo” y otros apodos despectivos. La prensa Santafeña controlada por realistas encubiertos y elementos ultraconservadores  infiere todo tipo de ofensas graves contra El Libertador. Más de una vez piedra en mano grupos de santanderistas se atraviesan en su camino para insultarlo y usar contra el estas armas arrojadizas. 

La saña de Santander y sus sectarios contra los venezolanos se hace patente en la farsa judicial contra el coronel Leonardo Infante. Lo someten  a un juicio amañado por causa de un supuesto crimen pasional y sin pruebas suficientes lo condenan a la pena capital. El 25 de marzo de 1825, Santander en persona, dirige el fusilamiento. Esto fue un pase de factura y un crimen de odio racial. Fue el negro Infante quien conminó a Santander a salir debajo del puente donde se refugió cobardemente en medio de la Batalla de Boyacá. En el punto crítico de esta acción bélica, el futuro Vicepresidente de la Gran Colombia, se escondió bajo del puente. El mulato y oficial Leonardo Infante bajo hasta donde estaba, lo tomo por la solapa y le dijo: 

“Venga usted con nosotros general a ganarse las charreteras”. 

El jurista venezolano Miguel Peña no se presta para el juego sucio de Santander contra Infante, se ve obligado a huir a Venezuela, protestando por una sentencia que se niega a firmar. Para desacreditarlo la canalla mediática denigra de él por supuestos ilícitos de peculado. De ahí en adelante se convierten acérrimos enemigos. El Dr. Peña se dedica, como  artífice del movimiento separatista de La Cosiata, a colaborar  con José Antonio Páez en la disolución de la Gran Colombia. Ambos bandos siembran vientos y ambos cosechan  tempestades. Hay una guerra civil en marcha y Bolívar se eleva por encima de quienes lo apoyan y les ordena ser prudentes, guardar silencio y no caer en provocaciones. Manuela Sáenz siempre irreverente no acata, arma un muñeco para una quema de judas y ordena un fusilamiento simbólico del general Santander.

Ya Santander había dado muestra de su talante arbitrario cuando en desacató a Bolívar armó la gran fiesta y mando a fusilar al derrotado general realista Barreiro. Esto era contrario al plan maestro de humanización y regularización de la guerra. Santander es severo y diestro fabricando expedientes judiciales contra oficiales venezolanos, pero demuestra ser siniestramente alegre y jactancioso para comandar pelotones de fusilamiento y dar la orden de fuego. En el campo de batalla es oscuro, evasivo y rehúye el combate.

La Asamblea Nacional o Convención de Ocaña, se instala el 2 de abril de 1828, cinco meses antes del atentado, es el hervidero de confabulaciones para sabotear las justas peticiones del ejército, los ayuntamientos y las autoridades provinciales por una reforma constitucional. El discurso de instalación es una proclama de odio contra el Jefe de Estado. El orador de orden no escatima en declarar abiertamente su animadversión contra Bolívar.  Santander se encarga de que no sea tomado en cuenta  el pliego de peticiones elevadas por Bolívar para ser debatido en el curso de  sus deliberaciones. La correlación de fuerzas esta de parte de la secta separatista que lograr expulsar al venezolano Miguel Peña del recinto por las presuntas acusaciones por malversación de fondos. Los bolivarianos quedan así sin una voz autorizada que los represente. Bolívar no asiste debido a los informes de inteligencia que revelan la inminente ejecución de una atentado contra su vida.

La miopía  de Santander, Azuero y Soto no les permite ver el alcance del proyecto continental  bolivariano. Cegados embisten contra el Jefe de Estado con epítetos humillantes. Desde el púlpito de los oradores hay voces que exigen  su muerte. Dicen que la desintegración de la Gran Colombia es inevitable y la renuencia de Bolívar en aceptarla se debe a un antojo de poder y afán de  figuración personal. Los miopes resentidos dominan los debates y desoyen las necesarias reformas constitucionales urgentes a tratar para mejorar el mal estado de las finanzas públicas que el mismo Santander había arruinado.  La convención fracasa. 

El 28 de agosto de ese año,  Bolívar destituye a Santander de la Vicepresidencia. Para sepáralo de sus seguidores y abortar el complot secesionista lo designa Embajador en los Estados Unidos.  Esto acelera el curso de la acción magnicida.

Fin de  primera parte de esta crónica.


ALEJANDRO CARRILLO


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