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Venezuela resiste el asedio: La vida diaria durante los ataques eléctricos

Publicado: 3 de abril de 2019 a las 15:04 | Última actualización: 3 de abril de 2019 a las 15:22

Durante las primeras horas del apagón reinó la desinformación. Muchas emisoras radiales sufrieron la caída de sus señales Durante las primeras horas del apagón reinó la desinformación. Muchas emisoras radiales sufrieron la caída de sus señales

Durante las primeras horas del apagón reinó la desinformación. Muchas emisoras radiales sufrieron la caída de sus señales
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Faltan apenas cuatro días para que se cumpla un mes del primer apagón nacional registrado en Venezuela el pasado 7 de marzo, luego que el Complejo Hidroeléctrico El Guri, estado Bolívar, fuera víctima de “un ataque cibernético” dirigido hacia “el cerebro” que controla las máquinas que producen la energía eléctrica en el país suramericano.

Fueron horas después del apagón del 7 de marzo, registrado a partir de las 4:50 de la tarde, cuando el pueblo venezolano se enteró que la falla generalizada en el suministro eléctrico, que a su vez ocasionó el cese de la distribución de agua potable por tuberías, que limitó casi en su totalidad los servicios de telefonía celular y datos móviles, al igual que el acceso a internet, banca electrónica y puntos de venta, había sido originada por un ataque cibernético desde Estados Unidos (EEUU).

Durante las primeras horas del apagón reinó la desinformación. Muchas emisoras radiales sufrieron la caída de sus señales, sólo se mantuvieron activos el Sistema Radio Nacional de Venezuela, Yvke Mundial -ambos medios del Estado- y La Mega Estación -una emisora privada que integra el Circuito Unión Radio- y que por largo rato fue la única en informar sobre qué lugares se mantuvieron sin servicio y qué debían hacer las personas para enfrentar el apagón.

En el caso de las emisoras del Estado, se limitaron a informar los comunicados oficiales y luego las reacciones políticas de los voceros gubernamentales. La voz del pueblo y sus testimonios faltó, eran privilegiados en informarse los que tenían vehículos con radio y/o portátiles con baterías, celulares o tabletas con carga. En los medios televisivos pocos informaron en su momento, aunque recientemente en radio y tv, pareciera haber una especie de reflexión y la información sobre el contexto actual comienza a tomar vida.

Llegada la mañana del viernes 8 de marzo, varias emisoras del Circuito Unión Radio realizaron una especie de operativo especial para mantener a la ciudadanía tranquila y explicar en entrevistas cómo mantener los alimentos que requerían refrigeración, cómo cuidarlos, informar sobre lo que le acontecía a la población afectada, en dónde había o no luz, qué medidas tomar por la contingencia, cuáles estaciones de servicio de gasolina estaban operativas, así como también llamar a la calma y la sindéresis.

Mientras los medios del Estado y los privados que tuvieron el privilegio de informar durante el primer apagón o golpe eléctrico -como lo ha calificado el gobierno venezolano- se detalló que ese primer ataque cibernético fue acompañado por varios “ataques electromagnéticos” dirigidos contra las zonas de carga para tumbar la recuperación paulatina de energía en las provincias del país.

De acuerdo a la información entregada por el gobierno, personas contratadas y pagadas por la extrema derecha venezolana y el gobierno estadounidense, se dedicaron a activar una serie de dispositivos electromagnéticos que hacía que el flujo de energía eléctrica que buscaba distribuirse a todo el país hiciera una especie de rebote y propiciara la caída de la distribución.

Así se perpetró el primer ataque, mismo que originó que el gobierno se viera en la obligación de decretar días no laborables desde el viernes 8 al miércoles 13 de marzo. En el caso del sector académico la medida se extendió del viernes 8 al viernes 15.

Resistencia continuada, el segundo ataque para apagar a Venezuela

Durante siete días, desde el lunes 18 al lunes 25, el servicio eléctrico en Caracas y en gran parte del país se mantuvo relativamente estable, el agua ya llegaba por las tuberías nuevamente, las reservas caseras del vital líquido en potes pudieron llenarse. Pero la inestabilidad del servicio y su debilidad eran elementos a tomar en cuenta, el propio Presidente Maduro lo había alertado, podría volver a ocurrir.

Así se vivió esa semana, con algunas caídas momentáneas, aunque en otras zonas la luz tuvo un paso fugaz. El pacifismo del venezolano y su resistencia ante momentos de extrema necesidad y la conciencia de mantener la paz, devolvió el golpe a quienes habían atacado los servicios básicos de la población.

El segundo ataque contra el Sistema Eléctrico Nacional (SEN) se perpetró el lunes 25 de marzo. Aproximadamente a la 1:45 de la tarde se comenzaron a registrar los apagones generalizados en todo el país. La falla eléctrica había sido producida por un nuevo ataque electromágnético, así lo informó -una vez se había restablecido el servicio en algunos lugares del país, entre ellos Caracas, aproximadamente a las 7:00 de la noche- la vicepresidenta de la República, Delcy Rodríguez.

Pero la generación de electricidad y su proceso de recuperación en el país durarían apenas unas tres horas. Cerca de las 10 de la noche otro apagón volvió a golpear al país. La desinformación volvió a reinar. Horas más tarde, el gobierno informó que este ataque había sido aún peor, se trataba de un acto terrorista ejecutado por francotiradores que dispararon contra el patio de autogeneración del Guri con el propósito de destruir la línea de distribución 765, la “columna vertebral” del sistema eléctrico venezolano.

La misión era destruir estas instalaciones y dejar sin suministro eléctrico a toda Venezuela. De haberse logrado ese objetivo, varias regiones del país latinoamericano habrían pasado años para volver a recibir energía eléctrica. Juan Guaidó -el supuesto presidente interino del país y ficha del gobierno de Donald Trump- confirmaría días después que mientras esté Maduro en el poder el pueblo no recibirá luz, agua ni gas doméstico.

El presidente Maduro deploró el ataque, lo calificó de “criminal”, “brutal”, y explicó que el daño causado provocó casi la destrucción total de ese sistema. Como la vez anterior, el gobierno decidió suspender las jornadas laborales y las actividades escolares, esta vez desde el martes 26 al jueves 28 para los trabajadores y para el sector académico las actividades reiniciaron -parcialmente- este miércoles 3 de abril.

Una vez más, la gran mayoría del país se mantuvo sin suministro eléctrico y en consecuencia sin agua. De nuevo, la conciencia, la solidaridad y el sosiego del venezolano se impuso por sobre las minorías que pretendieron provocar una implosión social generalizada producto de las grandes molestias generadas por la coyuntura política y ahora de guerra frontal, una que no usa bombas ni tropas invasoras, pero que si busca someter al pueblo y dominarlo a través de la presión psicológica.

Tercer ataque, romper la resistencia y propiciar la violencia

La jornada laboral se había reactivado el viernes 29 de marzo. Pero ese mismo día, a las 7:00 de la noche, se produjo otro ataque cibernético y electromagnético, como el ocurrido la primera vez. La información la ofreció el gobierno y la reacción para reponer el servicio en Caracas -capital venezolana- fue más inmediata que las veces anteriores. Aproximadamente a las 9:00 de la noche el suministro de energía se había repuesto en varios estados del país, pero una media hora después volvió a caer por otro ataque.

La luz se había ido nuevamente y con ella el suministro de agua. El sábado la fluctuación eléctrica iba y venía, en algún momento pareció estabilizarse pero ese mismo día -30 de marzo- a la misma hora -7:00 de la noche- el SEN volvió a recibir otro ataque cibernético y electromagnético. Las secuelas del ataque se prolongaron hasta el domingo, cuando se pudo estabilizar el suministro de energía en Caracas, eso sí, aún con el peso que gran parte del país sigue sin recibir este importante servicio para la vida.

Las fallas se observan muy cerca del Distrito Capital, las zonas que integran la Gran Caracas, que incluye municipios del estado Miranda, sí han sufrido la ausencia por horas de la electricidad, pero en el caso de estas comunidades su realidad es sumamente mejor a la que viven en las provincias más lejanas a Caracas.

Desde el ataque del viernes 29, varias regiones aún no han recibido la luz eléctrica, sobre todo en los estados que se encuentran en el último nodo de distribución eléctrica y que hasta el momento resultan ser los más afectados. Por ejemplo, zonas de Zulia, Falcón, Lara, Yaracuy, Mérida, Trujillo, Táchira, Apure, Portuguesa, Barinas, Cojedes, Aragua, Guárico, Carabobo -estados que se encuentran hacia el centro occidente del país, llanos y andes venezolanos tienen más de seis días sin electricidad ni agua.

En algunos de esos estados el suministro de electricidad ha llegado por minutos, pero nuevamente se cae. Eso se debe -según la información suministrada por el gobierno- por los ataques electromagnéticos, que producen fallas en la red de distribución que terminan afectando a estas regiones.

La guerra eléctrica se acentúa, el tercer ataque para desmoralizar al pueblo

En Caracas -el martes 2 de abril- se comenzó a sentir cierta tranquilidad, pues la normalidad -fundamentada en la cotidianidad propia de una capital- aún está en proceso de recuperarse. El agua comienza a llegar por las tuberías, aunque en espacios cortos de tiempo, aún se observan caminantes cargando agua y haciendo colas en algunas tomas donde se consigue el vital líquido. Desde los ataques perpetrados el último fin de semana, la gran mayoría de los caraqueños se han quedado sin reservas de agua, esto luego que el sistema de distribución del vital líquido se viera paralizado por la falta de electricidad.

El domingo la escasez de agua produjo varias protestas en la Gran Caracas, incluyendo zonas populares. Los manifestantes exigían al gobierno resolver el abastecimiento de ambos servicios -luz y agua-. Hubo conatos de guarimbas en el centro de la ciudad, se trancaron algunas calles y hubo enfrentamientos con la policía.

Al final del día todo fue controlado. Esa misma noche el presidente Maduro se dirigió a la población en cadena nacional. En resumen dijo que se activaría un plan de racionamiento eléctrico y que se haría un operativo para llevar agua a las comunidades a través de cisternas, las clases seguirían suspendidas hasta el miércoles y los trabajadores comenzarían con sus jornadas desde el lunes 1° de abril.

Cayó el lunes en Caracas y los trabajadores salieron a cumplir con sus responsabilidades. Muchos de ellos se trasladaban a pie, otros abarrotaban las camionetas de transporte superficial administradas por privados y otros esperaban para utilizar el servicio gratuito que presta el Estado.

El servicio subterráneo del Metro de Caracas no prestó servicio, lo mismo ocurrió con el sistema ferroviario de los Valles del Tuy, eso ocasionó que las personas que residen en esta parte del estado Miranda, bastante lejanas a Caracas, les resultara casi imposible llegar a la capital.

Algunos corrieron con suerte de tomar las pocas unidades de transporte que habilitó el gobierno, mientras que otras que contaban con dinero en efectivo, pudieron pagar las altas cifras que pedían los transportistas privados, quienes aprovechando la contingencia se hicieron de su botín. No había control alguno de las autoridades.

En Caracas la realidad no era distinta. Los autobuses privados se inventaron rutas piratas con el pretexto que eran “directas”, el sobreprecio volvió a reinar, podían abordar los que tuvieran la cantidad pedida. Nuevamente se observaron los caminantes de largos trechos, pocos que corrían con suerte podían agarrar un aventón. Los privilegiados eran quienes tenían vehículos propios, incluidos los que poseen bicicletas.

Los más vulnerables, el pueblo

Durante los tres escenarios o golpes eléctricos, la vulnerabilidad de la clase trabajadora salió a relucir. Para las personas que sufrieron cualquiera de los apagones en la calle y de noche, la realidad era avasallante, cómo llegar a casa a salvo un dilema y saber a qué hora lo harían, incalculable.

Las pocas opciones de transporte, la oscuridad y la sensación de inseguridad se conjugan, más cuando en varias zonas, salen a relucir los aprovechadores de oficio: ladrones, bandidos, delincuentes pueden estar en cualquier lado. Muchos terminan refugiados -en el mejor de los casos- en el hogar de un amigo, otros pueden pasar la noche en sus lugares de trabajo y hasta incluso en los terminales que no prestan servicio de transporte, lo importante es resistir bajo un techo que dé un poco de calor.

Con la llegada del amanecer, los que no pudieron llegar a casa, incomunicados de sus familias, cansados, abrumados por el desconcierto de una noche sin luz y apartados de sus seres queridos, comienzan a movilizarse para ir a descansar en sus hogares.

Los que tuvieron la suerte de descansar en sus dormitorios, salen a abastecerse de agua, llevan carretillas con pipotes plásticos, otros los cargan en sus manos, preguntan, averiguan donde conseguir el recurso vital. De la misma forma lo hacen quienes tienen que buscar bombonas de gas para la cocina, no todos poseen servicio directo a los hogares. En el ínterin -si llega la luz- muchos aprovechan de salir a comprar alimentos, hacer diligencias personales, poner combustible a los vehículos, en fin, resolver mientras se pueda.

Pero cuando se alarga la falta de electricidad se agrava el desabastecimiento de agua, las pocas reservas se van gastando, los escasos lugares donde se puede obtener se van quedando secos, recrudece la situación, el ser humano no puede vivir sin este recurso.

Algunos aprovechan para vender al mejor postor sus reservas de agua, cisternas privadas mercadean el recurso a precios altísimos, lo mínimo 80.000 bolívares por casa, es decir, más de cinco sueldos mínimos (18.000) en Venezuela. Un pote de 20 litros de agua pude llegar a costar 10 dólares, 2 sueldos mínimos.

A toda esa realidad se suma la falta de dinero en efectivo debido al contrabando de extracción de la moneda que realizan mafias dedicadas a este fenómeno que forma parte de la guerra económica que se ejecuta contra los venezolanos. Resultan privilegiados, entonces, los que tienen en su poder billetes, bien sea en bolívares, dólares, euros y hasta pesos colombianos.

Con el pasar de los días la vida se hace más difícil. Los productos cárnicos y de charcutería debieron consumirse lo más pronto posible, eso en el caso de los que no se dañaron. Muchas familias, para no perder la inversión hecha en sus comidas de la semana o del mes, deciden compartir con vecinos los alimentos que pueden podrirse ante la ausencia de refrigeración.

Sale a relucir entonces la solidaridad, se organizan comidas comunitarias, el que hoy pone algo, en un rato recibe de otro y así resisten. Esto sucede sobre todo en las regiones que más sufren la ausencia de luz y agua.

Entre tanto, el gobierno dispone operativos especiales de atención a la ciudadanía. Cisternas gratuitas para distribuir agua, se colocan plantas eléctricas en plazas para recargar teléfonos celulares o dispositivos digitales que son utilizados para escuchar radio y/o mantener comunicación con parientes y amigos de otras ciudades o que están fuera del país.

En los hospitales se mantienen activados equipos responsables de garantizar que no falle el suministro de energía, fundamental para atender a los pacientes y mantener refrigerados medicamentos, exámenes de laboratorio, entre otras zonas primordiales de un recinto hospitalario.

Por su parte, en los estados más críticos, dueños de carnicerías venden sus productos para que se paguen luego que retorne la luz, a menos que se les cancele en efectivo o divisas, otros se ven obligados a regalar antes que se dañe la comida por falta de refrigeración.

En general, el venezolano muestra su resistencia, su gallardía, la mayoría se preocupa por resolver la circunstancia, por mantener la calma, sobre todo la paz del entorno. La población aprende rápido a sortear este nuevo tipo de guerra que se fundamenta en tácticas de desgaste, desmoralización del individuo y presionarlo hasta que sea colectiva la proliferación de sentimientos de odio, rabia y desconcierto.

Mientras, en Caracas (2 de abril) la situación pareciera normalizarse progresivamente. Varias zonas cuentan con más de 24 horas con luz eléctrica el servicio de agua empieza a llegar a sus casas, las familias de la capital pueden tener un respiro, descansar ante tanto desgaste. Pero eso no ocurre fuera de la capital, sobre todo en las regiones críticas, allá la resistencia a la guerra eléctrica se está convirtiendo en una situación de vida o muerte.

La desesperación, la desinformación, la rabia por ratos pueden más que la esperanza de volver a contar con estos servicios fundamentales, el agotamiento se hace cada vez más fuerte, las necesidades básicas del ser humano como ir al baño, lavarse, mantenerse hidratado y hasta comer, parecen convertirse en un lujo ante la escases del vital líquido.

La prioridad de mantener el servicio eléctrico en Caracas pareciera estar subordinado a su trascendencia para sostener la tranquilidad capitalina y por ende evitar que se produzcan protestas que pongan en vilo la estabilidad del poder político. Y a eso hizo referencia Maduro, mantener la paz y evitar la violencia es una prioridad.

En Venezuela, el mes de abril es símbolo de resistencia, de valor, de gallardía, de retorno a la normalidad, a la democracia, a la paz. Mientras tanto, hasta el próximo 30 de abril se tiene programado un plan especial de distribución de carga para normalizar el servicio eléctrico. Queda esperar que -en el proceso- la vida se normalice en todos los rincones del país y que las regiones más afectadas también puedan vivir en paz, descansar física y mentalmente, como justo ahora lo hacen los residentes de Caracas.

ORLANDO RANGEL YUSTIZ

elciudadano.com



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